Para muchos ya es sabido que la presencia del pez diablo en cuerpos de agua representa una amenaza ecológica grave. Su rápida reproducción, excavaciones que alteran márgenes y calidad del agua, la competencia con especies nativas hacen de esta invasión una situación crítica.
El pez diablo (género Pterygoplichthys), también conocido como “pleco”, es originario de Sudamérica. Se introdujo en México a través del acuarismo, ya que los aficionados lo utilizaban para limpiar algas en peceras. Cuando crece más allá del tamaño deseado, muchos lo liberan en cuerpos de agua naturales, donde se adapta fácilmente.
Según investigadores de El Colegio de la Frontera Sur, Quintana Roo (ECOSUR), los primeros hallazgos de esta especie en el Río Hondo fueron entre 2012 y 2013, en ese tiempo no representaba algún riesgo para las especies nativas. Pero para el 2021 la situación ha cambiado drásticamente y el pez diablo se ha convertido en una plaga, lo cual ha impactado negativamente en la fauna en aguas del río, representando un peligro para las especies nativas.
En enero y febrero de este año ejemplares fueron capturados en cenotes como el «Negro» y “Cocalitos” conectados a la Laguna de Bacalar, lo que significa un riesgo para ecosistema y para los estromatolitos.
Lo sorprendente de esta situación es que recientemente se ha reportado su aparición en jagüeyes y otros cuerpos de agua, se desconoce como es que han llegado hasta ahí, quizá por los escurrimientos o alguna situación similar. Estos peces realizan excavaciones masivas para construir nidos (hasta 20 por metro cuadrado) erosionan taludes y generan turbidez, afectando calidad del agua y vegetación.
Aunque la eliminación total ya no es viable, los esfuerzos de monitoreo, campañas de captura, educación y aprovechamiento pueden ayudar a contener su expansión y minimizar el impacto en los ecosistemas locales.